Huellas en la Bruma (2026)
Es una obra para violín, violoncello y piano construida desde la resonancia, la suspensión armónica y la transformación gradual del espacio sonoro.
Más que desarrollarse mediante un conflicto temático tradicional, la pieza evoluciona a través de cambios de textura, densidad, registro y profundidad acústica, desplazándose lentamente entre fragilidad, tensión y disolución. La forma musical se articula aquí como transformación de estados perceptivos más que como desarrollo narrativo convencional.
A través de resonancias prolongadas y variaciones graduales de color armónico, la obra construye una continuidad orgánica sostenida en la tensión entre permanencia y evaporación. Las distintas secciones no buscan contraste abrupto, sino modificaciones progresivas de atmósfera, distancia y peso sonoro, como huellas que aparecen, se deforman y lentamente desaparecen dentro de un paisaje contemplativo y brumoso.
Más que plantear una dirección conclusiva, la obra explora la persistencia de ciertas resonancias emocionales y espaciales: restos sonoros que permanecen suspendidos incluso después de haber desaparecido materialmente.